Política
Domingo 31 de mayo de 2026
Vivimos en un mundo en crisis. La crisis de occidente. La crisis de la verdad. La crisis del trabajo. Las crisis ambientales, institucionales, la crisis de la democracia. La crisis de representación. La crisis sanitaria. La crisis energética. Tenemos crisis tecnológica e industrial. Múltiples crisis migratorias. Y podemos seguir: crisis en Medio Oriente. Crisis en Cuba y en Bolivia hoy, en Venezuela ayer, y mañana quién sabe. Crisis económica. Crisis de natalidad. Crisis mental.
Las crisis, por definición siempre fueron algo excepcional. Ya no es así. Pónganse a pensar: ¿cuándo fue la última vez que vivimos sin crisis? Pasaron demasiados años. Y cuando se encuentran tantos procesos brotando en crisis al mismo tiempo corresponde preguntarse si son procesos autónomos que coincidieron por azar o si, por el contrario, se trata de síntomas de otra cosa que subyace y, por diseño o como consecuencia de su accionar, provoca este estado de crisis permanente.
Y lo que salta rápidamente a la vista es que todas las crisis, directa o indirectamente, giran en torno a una sola cuestión: la espiral de acumulación infinita que tiene como manifestación característica la aparición de una nueva clase o casta que recoge para sí una porción mayoritaria y creciente de la riqueza y el poder global, promiscua con el aparato militar y financiero del Eje Washington - Londres - Tel Aviv, pero sin otra lealtad que la del Capital y la aceleración tecnológica.
No simples millonarios sino personas tan poderosas como los principales Estados del planeta, dueños de los algoritmos que articulan nuestras vidas y extraen nuestros datos cada segundo que pasa, cada vez más influyentes en gobiernos, parlamentos y tribunales, círculos empresarios y económicos, capaces de influir, con un mensaje de texto, en decisiones que afectan la vida de miles de millones; dueños asimismo de los medios y las redes donde se teje la agenda pública.
Abanderados del capitalismo occidental en su hora de decadencia, financistas y ejecutores de guerras y genocidios, responsables de la mayor parte de la destrucción acrítica de nuestros ecosistemas, promotores del fascismo neoliberal y fabricantes de las herramientas de vigilancia, control, manipulación y violencia que esos gobiernos fascistas ahora vuelcan contra su propia población; están intentando un golpe de Estado de escala hemisférica ante nuestros propios ojos.
Las crisis de nuestra época son crisis concéntricas. Giran en torno a los ultra ricos y a su proyecto político, que es el proyecto del Capital. Por eso los ponen tan nerviosos los impuestos. No porque no puedan pagarlos (pueden) sino porque no reconocen ninguna autoridad política, ningún criterio de justicia o verdad que no sea el del dinero. Para ellos es una discusión política, no tributaria. Distribuir riqueza es distribuir poder. Acumular riqueza es acumular poder.
La cuestión de fondo es muy vieja pero a la luz de los acontecimientos y las novedades adquiere carices novedosos. ¿Dónde reside el poder y cómo se justifica? ¿Qué está en el centro y qué en la periferia? ¿Qué es fin en sí mismo y qué es herramienta? ¿Quién es el soberano? ¿Qué vale más? ¿De quién es el futuro? ¿Del dinero o de las personas? ¿De Galperín o de nosotros? ¿De la lumpenoligarquía aceleracionista o de los pueblos? ¿Del Capital o de la humanidad?
La charla que desató la ira del hombre más rico de la Argentina y del presidente del país (por orden de importancia) fue apenas un intercambio entre dos personas, los periodistas Gabriel Sued y Diego Iglesias, que planteaban algo de sentido común. “La batalla cultural es aumentar impuestos” porque “los ricos han logrado instalar que no se les debe cobrar más impuestos”. Marcos Galperín y Javier Milei salieron personalmente a disciplinar en las redes sociales semejante conato de rebeldía.
“RELATO ENVIDIOSO”, clamó en mayúsculas el presidente antes de citar como autoridad a Mises, Hayek y Firulais y acusar a los “zurdos ignorantes” de querer “robar la riqueza de los exitosos”. Galperín, en tanto, incapaz de dar un argumento intelectualmente honesto, escribió: “Sacándole el 100 por ciento del patrimonio de todos los más ricos no se pagan ni seis meses del presupuesto”. Nadie propone una cosa (expropiar todo su patrimonio) ni la otra (usarlo para pagar gastos corrientes).
Lo que plantean en su diálogo Sued e Iglesias es que los ricos hoy pagan pocos impuestos. Y es estrictamente cierto. Hoy los más ricos en la Argentina pagan menos comparado con lo que pagan, proporcionalmente, los trabajadores argentinos; comparado con lo que pagan los más ricos en otros países del mundo que muchas veces se ven como modelo, y también comparado con lo que pagaban antes ellos mismos en cualquier otro momento de la historia reciente.
El planteo de Galperín y de Milei es que es justo que ellos paguen menos impuestos que cualquiera que tiene que laburar doce o más horas por día y no sabe si va a poder cenar mañana. Un estudio publicado este mes por el International Tax Observatory muestra que en la Argentina el 10 por ciento más rico tributa el 25 por ciento de sus ingresos, mientras que la clase media paga el 29 por ciento y a los más pobres se les va en impuestos el 37 por ciento de lo que ganan.
No es un fenómeno exclusivo de Argentina pero pasa mucho más en Argentina que en otras partes. Un informe del sociólogo Julián Corvaglia da cuenta de que mientras acá el 10 por ciento más rico paga, en concepto de impuesto a las ganancias, apenas el 10 por ciento de sus ingresos, ese número se multiplica cuando vemos lo que sucede en Suecia (30 por ciento), Italia y Gran Bretaña (25 por ciento), Alemania (23 por ciento) o Francia (18 por ciento).
El punto, entonces, no es, como dice Galperín, expropiar los bienes a los “exitosos”. Simplemente que los que más tienen paguen una contribución justa a la sociedad en la que (sus familias) hicieron fortuna. ¿Qué es justo? En principio, que aporten, proporcionalmente, más que el resto de la sociedad. Es un concepto bastante fácil de comprender. En segundo lugar, que eso sea el pilar de un sistema fiscal progresivo y suficiente para garantizar una vida digna a todos y no sólo a los ricos.
Por ejemplo: en Argentina, en 2021, la única vez que se cobró una tasa del 2 por ciento del patrimonio a apenas 10 mil familias, de las cuales muchas (casi una de cada cinco) no pagaron, se pudo financiar una obra de infraestructura estratégica, el gasoducto, por el que hoy el país tiene superávit comercial; mejoras significativas en barrios vulnerables, becas estudiantiles, subsidios a PyMEs, y recursos para combatir la pandemia de Covid-19, incluyendo vacunas y respiradores.
Si el Estado contara con ese flujo anualmente, sus capacidades podrían aumentar en forma exponencial. Universidades, hospitales, rutas, trenes… las inversiones serían inmensas y constantes. Planes de ayuda focalizados, crédito productivo, mejores salarios, más y mejor espacio público… Los fundamentalistas del superávit deberían estar haciendo fila para pedir que los ricos paguen más impuestos: con un sistema realmente progresivo se acaba el drama del déficit fiscal para siempre.
A esta altura del partido es razonable asumir que ni la emisión sin respaldo ni la deuda impagable son recetas para “ordenar la macro” en la Argentina del siglo XXI. La única forma de tener la “macro ordenada” es con tributación a las grandes fortunas y participación nacional en la explotación de recursos estratégicos. La única forma de que la economía y los salarios vuelvan a crecer sin picos de inflación es dotando al Estado de más recursos genuinos. No hay atajos.
Así, y sólo así, cuando los individuos más ricos y las grandes corporaciones aportan al desarrollo y al crecimiento del país, es que el empresario tiene el rol virtuoso que la burguesía argentina cree que le tocó por nacimiento. No se trata de ser anti-Mercado Libre. La Argentina sería un país mejor si hubiera cien empresas del tamaño de Mercado Libre, sí y sólo si esas empresas aportan al desarrollo del país. Si no son parásitos gigantes que crecen chupándole la sangre a sus habitantes.
Para escándalo de Milei y Galperín, en estas circunstancias pedir que los muy ricos y los ultra ricos paguen un poquito de su patrimonio todos los años, un dos por ciento, un cinco por ciento, y pedir que respeten la ley como el resto de los ciudadanos, no es una propuesta extremista. Es una idea moderada, incluso (y esto corre por mi cuenta) insuficiente. Una medida que puede solucionar, parcialmente, la trampa fiscal, pero no da cuenta de la cuestión de fondo, del poder de los ultra ricos.
Una solución verdadera que devuelva el poder a las personas y los pueblos y que ponga un freno a este escenario de crisis concéntricas, condiciones pre distópicas y espiral de desigualdad, debe ponerle un límite a la acumulación infinita. Existe un nivel a partir del cual cada dólar que se acumula no solamente no tiene ningún tipo de externalidad positiva para nadie, ni siquiera para su portador, sino que lesiona irremediablemente la dignidad humana de miles de millones.
Es el tema central de la encíclica ‘Magnifica Humanitas’ del papa León XIV; no la tecnología en sí misma sino qué hace la humanidad con ella. Qué es centro y qué es periférico. Qué es fin en sí mismo y qué es herramienta. Qué vale más. De quién es el futuro. Cómo defender la dignidad humana frente a las lógicas de despersonalización propias de la técnica y de la violencia contemporánea, impulsadas desde la lógica del Capital.
Y aunque hoy puedan presentar esta clase de ideas como “extremistas” o incluso rechazarlas en nombre de cierta supuesta “racionalidad”, lo cierto es que en estas condiciones no es racional creer que todo puede seguir más o menos como hasta ahora y no va a deteriorarse a una velocidad cada vez mayor, y definitivamente tampoco es racional creer que un gobierno de los ultra ricos y sus mecanismos de control pueda resultar en algo bueno para nadie que no sean ellos.
La única racionalidad realmente existente, desde una perspectiva humana, nacionalista, demócrata, republicana, popular, progresista, conservadora, justicialista, institucionalista, de izquierda, laborista, socialdemócrata, de centro, de centroderecha, o cualquier otra posición que no sea el abrazo con la escatología capitalista de los ultra ricos es ponerle un límite a la acumulación infinita y castigar la infracción de ese límite como un delito de lesa humanidad.
La ultra derecha es el proyecto político de los ultra ricos, que destinan enormes cantidades de recursos para hacer que esos partidos y dirigentes crezcan, lleguen al poder y una vez allí se sostengan. Ese es otro motivo para ponerle un límite a sus fortunas, que influyen en el poder político de una manera que es incompatible con cualquier idea de democracia que no sea meramente procedimental. Una democracia que usan para legitimarse pero que no respetan ni les interesa sostener.
La manipulación o interferencia electoral extranjera se volvió parte del paisaje con una rapidez preocupante. En Estados Unidos se denuncia (Clinton a Trump por Rusia, Trump a Biden por China) como una herramienta más de política interior y se utiliza (en Argentina, en Honduras, en Colombia) como una herramienta más de política exterior, para beneficiar a candidatos y alianzas dispuestas a subordinarse al plan de dominio hemisférico ultra capitalista conocido como doctrina Donroe.
A días de las elecciones presidenciales que se celebran este domingo en Colombia se detectó el uso de granjas de bots para manipular la narrativa en favor del candidato opositor, Abelardo de la Espriella. El propio presidente Gustavo Petro vinculó esta operación con el Hondurasgate, una filtración que da cuenta de cómo el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico e indultado por Trump, montó una célula destinada a intervenir en asuntos internos de Colombia y México. De acuerdo a uno de esos audios, Milei había aceptado aportar 350 mil dólares.
El brasileño Lula Da Silva, que enfrenta elecciones en octubre, también sabe que la interferencia norteamericana, que toma varias formas (como la declaración unilateral de organizaciones terroristas para las principales bandas armadas de Brasil), puede volcar un comicio polarizado. “Inventaron una cosa llamada inteligencia artificial que es muy buena para la salud, para la educación, para la ciencia y la tecnología pero creo que no sirve para las elecciones”, dijo esta semana.
En la Argentina, donde esos métodos se aplican desde la campaña de 2015, cuando Cambridge Analytica asesoró a opositores al gobierno peronista, hoy se profundizaron bajo el gobierno de Milei y su alianza con Washington y Silicon Valley. El anuncio de la implementación de programas de Gemelo Digital en distintas áreas del gobierno, como Capital Humano y Defensa, brindará la posibilidad de entrecruzar datos de la población para hacerlos más efectivos y difíciles de detectar.
La expansión continental del Imperio es más profunda en la Argentina. Bajo la gestión Milei el país vive un proceso de entrega (de nuestros recursos, de nuestra soberanía, de nuestros datos, de nuestro territorio) que en menos de tres años dejó a un miembro del G20 con 50 millones de habitantes y la octava superficie del planeta en una condición cuasi colonial. En los últimos diez días hubo cinco eventos de primera relevancia que dan cuenta de que esto también se está acelerando.
Uno es el anuncio de los Gemelos Digitales. Si ese programa es ejecutado, como se sospecha, por Palantir, o por cualquier otra corporación norteamericana, eso implicará entregar la soberanía sobre todos nuestros datos al gobierno de Estados Unidos. El segundo es el avance, en el Senado, del tratamiento de una ley que, en caso de aprobarse, eliminará las barreras que existen para la extranjerización de la tierra, incluso en zonas cuya ubicación o recursos las vuelvan estratégicas.
Al mismo tiempo avanza el tramo final de la licitación de la Hidrovía Río Paraná en circunstancias totalmente atípicas. La empresa belga Jan De Nul, que terminó la anteúltima etapa en ventaja para renovar su contrato, tuvo que ir a rendir pleitesía al embajador norteamericano, Peter Lamelas, y luego sacar un comunicado en el que hablan explícitamente de “priorizar” a Estados Unidos y “Occidente” y de no permitir la participación de empresas chinas en la operación del canal.
Por otra parte, el Comando Sur de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos anunció el lanzamiento de un acuerdo con la Armada argentina a través del cual la flota norteamericana patrullará el Mar Argentino como un “bien común global”. El protocolo también incluye la utilización de activos argentinos para recabar información en tiempo real que termina siendo absorbida por el sistema de inteligencia militar norteamericano.
Y en quinto lugar se publicó un documento de las autoridades coloniales de las Islas Malvinas que da cuenta de los avances en la explotación del yacimiento petrolífero Sea Lion y de cómo esa novedad va a cambiar para siempre la estructura económica de las islas. Eso significa que en el futuro el gobierno kelper puede buscar su independencia bajo el paraguas hemisférico de Washington, que utilizaría la movida para fundar un reclamo de proyección antártica.
Detrás de esas ideas está el mismo entramado de tres sectores cada vez más codependientes (energía, finanzas y tecnología) del Capital y el poder permanente en tres países (Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel), que son las tres patas sobre las que se sostiene el imperio noratlántico que dominó brutalmente durante tres siglos la etapa capitalista de la historia de la humanidad y ahora se ve amenazado por el ascenso de China. Ese entramado, hoy, lo conducen los ultra ricos.
Se publicó un reporte en el New York Times sobre la decisión de Peter Thiel de mudarse a Buenos Aires. Dicen que lo hizo para escapar de la suba de impuestos en California y buscar refugio en caso de que el hemisferio norte sea el epicentro de una guerra nuclear o un episodio catastrófico de IA fuera de control. Es posible que ambas sean ciertas, sin embargo eso no significa que esa sea toda la verdad. Otras hipótesis, igualmente plausibles, tienen implicancias más severas para la Argentina.
Una tiene que ver con el viejo anhelo de Thiel por establecer experiencias limitadas de gobierno no-estatal, por afuera de cualquier forma de control democrático o republicano. A lo largo de dos décadas el empresario financió e impulsó proyectos como Próspera, una ciudad en Honduras donde no rige la ley de ese país, o Praxis, una “nación digital” que planeaba establecerse en Groenlandia. La Argentina de Milei se convirtió en terreno muy fértil para esta clase de experimentos.
Santiago Caputo, fuertemente influenciado por Thiel, con quien habló más de una vez, escribió en su cuenta de X: “La Nueva Argentina que el Presidente está construyendo (...) merece una ciudad emblema acorde al futuro de prosperidad que nos espera. Un lugar del que podamos estar orgullosos y que le diga al mundo: “He aquí la Nueva Argentina, tierra de oportunidades que protege la vida, la libertad y la propiedad de todos aquellos que quieran habitar nuestro suelo”.
Hay otras lecturas. No son excluyentes. En la Argentina encontró un país donde no rigen las garantías constitucionales ni el control de poderes, los dos límites que encuentra Palantir, la empresa más importante de Thiel, para desplegar su “ontología” en un Estado Soberano. El magnate vino a supervisar de cerca el experimento más acabado de puesta en práctica de su filosofía aceleracionista, antidemocrática y algorítmica para gobernar sin humanos en el circuito.
El objetivo último es expandir este sistema en todo el continente americano, incluyendo (sobre todo) el propio Estados Unidos. El Tecnato de Palantir. Como no pueden instaurar un régimen de vigilancia total sobre 330 millones de ciudadanos norteamericanos sin resistencia, van a intentar hacerlo, antes, sobre 50 millones de argentinos. A esta altura del partido, Palantir y el Pentágono son dos caras de la misma moneda, inseparables, y el sur del continente un activo de alto valor estratégico.
León XIV, en su encíclica, cita un fragmento de El Señor de los Anillos, la misma obra en la que se inspiró Thiel para darle nombre a Palantir y a otras de sus empresas. Es una frase que JRR Tolkien, el escritor, puso en boca de Gandalf, el héroe que dio una lucha exitosa contra el poder oscuro que utilizaba los palantiri para espiar e influir sobre los pueblos del mundo. Fue una forma de indicar que todo lo que escribió en ese documento tenía un destinatario bastante concreto.
Pero la frase que eligió tiene un significado más profundo. Cuando la lucha parece más desigual que nunca, da una receta para no bajar los brazos, ni darse por vencido ante la magnitud de la tarea, ni olvidar que nunca estamos solos en la pelea: “No nos corresponde controlar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por los días que nos ha tocado vivir, desmalezando el mal en los campos que conocemos, así los que vengan después tienen tierra limpia para la labranza".
Fuente: El Destape / Imagen: Peoples Dispatch
Copýright 2025 - larosca.com.ar