Gremiales
Domingo 27 de septiembre de 2026
La CGT no nació en un clima de normalidad institucional. El país estaba bajo el gobierno de facto de José Félix Uriburu, que había derrocado a Hipólito Yrigoyen apenas unas semanas antes. Los locales gremiales eran vigilados, las reuniones estaban condicionadas y muchos dirigentes enfrentaban el riesgo de perder su trabajo o ser perseguidos por su actividad sindical.
En ese contexto, el 27 de septiembre de 1930, delegados de la Confederación Obrera Argentina (COA) y la Unión Sindical Argentina (USA) acordaron crear una central común: la Confederación General del Trabajo de la República Argentina. La decisión no fue el resultado de una unidad ideológica, sino de una necesidad política concreta: frente a la represión, la crisis económica y el avance de la desocupación, la fragmentación debilitaba todavía más la capacidad de los trabajadores para defender sus intereses.
La unidad tampoco surgió de la nada. El movimiento obrero argentino acumulaba décadas de organización y conflictos, pero estaba atravesado por profundas diferencias entre anarquistas, socialistas, sindicalistas revolucionarios y comunistas. Cada corriente tenía una concepción diferente sobre el papel del sindicato, su relación con el Estado y los partidos políticos. La construcción de la CGT significó, precisamente, encontrar un espacio común pese a esas diferencias.
La nueva central tampoco tuvo un camino sencillo. Durante sus primeros años predominó una conducción de orientación sindicalista, hasta que en 1935 los socialistas desplazaron a ese sector y posteriormente se incorporaron los comunistas. Recién entre marzo y abril de 1936, casi seis años después de su creación, la CGT realizó su Congreso Constituyente y aprobó el estatuto que formalizó institucionalmente su estructura.
La historia de su nacimiento muestra que la unidad sindical nunca fue automática ni definitiva: fue una construcción política basada en la organización, la negociación y la necesidad de actuar colectivamente. Quince años después, esa estructura tendría un papel central en el proceso político que desembocaría en el ascenso de Juan Domingo Perón, pero para entonces la CGT ya acumulaba una década y media de disputas, rupturas y aprendizajes.
A casi un siglo de aquel encuentro, la creación de la CGT también puede leerse como una discusión sobre el valor de la organización colectiva frente a la fragmentación laboral. La central no eliminó las diferencias del movimiento obrero, pero permitió construir una herramienta común. Esa experiencia histórica dejó una premisa que atravesaría buena parte del sindicalismo argentino: cuando los trabajadores logran organizarse colectivamente, las diferencias no necesariamente impiden construir objetivos compartidos.
Con información e imagen de Mundo Gremial / Redacción: La Rosca
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