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Domingo 18 de octubre de 2026 | Santiago del Estero, Argentina

Opinión

Una Argentina al límite: el ajuste del Gobierno golpea a los trabajadores y profundiza la desigualdad

Por Guillermo Mendoza


Opinión

Domingo 18 de octubre de 2026

Argentina atraviesa una de las etapas más difíciles de los últimos años. Detrás de los discursos oficiales sobre el ordenamiento económico y las promesas de prosperidad, hay una realidad que golpea con fuerza a los sectores populares: trabajadores que no llegan a fin de mes, jubilados que deben elegir qué necesidades atender, docentes que ven deteriorarse sus ingresos y familias que enfrentan tarifas cada vez más difíciles de pagar. La crisis dejó de ser una discusión de indicadores para convertirse en una experiencia cotidiana de angustia e incertidumbre. Mientras tanto, el Gobierno de Javier Milei insiste en defender un modelo cuyos beneficios todavía no se traducen en una mejora tangible para amplios sectores de la sociedad.
 

La educación, que durante décadas fue concebida como una inversión estratégica para construir igualdad y movilidad social, aparece cada vez más subordinada a la lógica del ajuste. El deterioro de las condiciones educativas, las dificultades presupuestarias y la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores del sistema exponen una contradicción profunda: se exige una educación de calidad mientras se debilitan las condiciones materiales necesarias para sostenerla. Cuando el conocimiento se trata como un gasto prescindible, no solo se perjudica a docentes y estudiantes; también se compromete el futuro de un país que necesita formar a sus nuevas generaciones para salir de la dependencia y la desigualdad.
 

En el terreno productivo, la caída de la actividad industrial, la apertura de las importaciones y las dificultades para sostener el empleo formal alimentan un escenario de creciente vulnerabilidad. Detrás de cada fábrica que reduce su producción, de cada comercio que vende menos y de cada puesto de trabajo que desaparece, hay familias que pierden ingresos y comunidades que ven amenazada su estabilidad. La precarización laboral y la debilidad del consumo muestran que el ordenamiento de las variables macroeconómicas, por sí solo, no garantiza desarrollo. Una economía puede exhibir determinadas mejoras financieras y, al mismo tiempo, profundizar las dificultades de quienes viven de su salario.
 

El costo social del programa económico constituye, por eso, el centro de la discusión política. Jubilados, docentes y trabajadores de distintos sectores sienten el impacto de la pérdida de ingresos y del encarecimiento de los servicios esenciales, mientras el Gobierno sostiene que el sacrificio presente permitirá una recuperación futura. Pero esa promesa pierde credibilidad cuando la mejora no llega a la mesa familiar y el esfuerzo parece distribuirse de manera desigual. La pregunta es inevitable: ¿cuánto puede prolongarse un modelo que exige sacrificios a las mayorías sin ofrecer certezas sobre cuándo ni cómo comenzarán a mejorar sus condiciones de vida? La responsabilidad de gobernar no consiste solamente en ordenar cuentas, sino también en proteger derechos, generar oportunidades y evitar que la crisis recaiga siempre sobre los mismos.
 

A esa tensión se suma una dimensión política que no puede ignorarse. Mientras el presidente mantiene una estrecha identificación con la agenda de Washington, buena parte de la sociedad espera respuestas para problemas urgentes dentro de sus propias fronteras. La política exterior y los vínculos internacionales pueden formar parte de una estrategia legítima, pero no reemplazan la obligación de atender el empleo, la educación, la salud, los ingresos y la producción nacional. Cuando la comunicación oficial se concentra en promesas de recuperación y descalificaciones a quienes cuestionan el rumbo, corre el riesgo de profundizar la distancia entre el poder y una ciudadanía que mide la economía por lo que puede comprar, pagar y sostener cada día.
 

Frente a este escenario, la oposición continúa buscando una alternativa capaz de superar sus divisiones. Hay una danza de nombres que aparecen en las discusiones sobre el reordenamiento del espacio opositor. Sin embargo, la acumulación de dirigentes no constituye, por sí misma, un proyecto político. La construcción de una propuesta común requiere acuerdos programáticos, capacidad de gestión y respuestas concretas sobre producción, salarios, jubilaciones, educación, salud y desarrollo federal. Los personalismos y las disputas internas pueden convertirse en un obstáculo si desplazan la discusión sobre cómo ofrecer una salida a la crisis. La sociedad necesita alternativas que puedan ser evaluadas por sus propuestas y su capacidad de responder a las necesidades colectivas.
 

La Argentina no puede acostumbrarse a que vivir dignamente se convierta en un privilegio. La discusión de fondo excede la confrontación entre oficialismo y oposición: se trata de definir qué país se quiere construir, quiénes deben soportar los costos de las decisiones económicas y qué lugar ocupan el trabajo, la educación, la salud y la justicia social en ese proyecto. La ciudadanía no pide solamente promesas ni disputas electorales anticipadas; reclama salarios que alcancen, jubilaciones dignas, empleo estable, escuelas con recursos y un Estado capaz de garantizar derechos. Si la política no logra colocar esas demandas en el centro, seguirá creciendo la distancia entre las instituciones y una sociedad cansada de esperar. Porque detrás de cada cifra hay personas, y detrás de cada decisión económica hay vidas que no pueden quedar reducidas a una variable de ajuste.

 

Imagen: Unidiversidad

 


Guillermo Mendoza

| Director de Redacción |



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