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Miércoles 19 de agosto de 2026
Javier Milei puede exhibir una reducción drástica de la inflación, una baja de la pobreza y el fin del déficit fiscal como los principales activos de su gestión, pero enfrenta una contradicción que comienza a pesar electoralmente: la economía crece mientras el empleo formal se achica. Desde su llegada a la Casa Rosada se perdieron unos 241.000 puestos de trabajo asalariados privados y otros 73.000 empleos públicos, mientras el número de empresas privadas cayó a unas 482.000, el nivel más bajo desde 2007. El dato configura un problema político de fondo para un Gobierno que necesita convertir la estabilización macroeconómica en una mejora concreta de la vida cotidiana.
El fenómeno ya es leído por los mercados como una variable central para 2027. Pablo Goldberg, de BlackRock, advirtió que la creación de empleo gana importancia porque comienza a impactar sobre la confianza de los consumidores y, por extensión, sobre el comportamiento electoral. El problema para Milei es que el crecimiento no está generando puestos formales de calidad: según especialistas laborales, lo que aumenta es la informalidad, que ya representa alrededor del 44% de la fuerza laboral. El desempleo formal trepó al 7,8%, mientras trabajadores de distintos niveles educativos recurren a empleos sin contrato como alternativa frente a la falta de oportunidades.
La paradoja tiene una explicación política y económica: varias de las mismas medidas que permitieron ordenar las cuentas públicas también golpearon sectores intensivos en empleo. El ajuste del gasto redujo la obra pública y afectó a la construcción, mientras el aumento de tarifas comprimió el ingreso disponible y el consumo. A su vez, la apertura de la economía y un tipo de cambio más fuerte favorecieron la competencia y moderaron precios, pero dejaron expuestas a industrias tradicionales. Incluso sectores que el Gobierno presenta como motores del nuevo modelo —petróleo, minería y tecnología— muestran dificultades para expandir sus plantillas.
El malestar laboral empieza a desplazar a la inflación como principal preocupación económica de los argentinos. El dato es especialmente sensible para Milei porque su aprobación ronda el 37%, cerca del nivel más bajo de su presidencia. La comparación con Carlos Menem, que logró ser reelegido en 1995 pese a un desempleo de dos dígitos después de derrotar la hiperinflación, tiene un límite: aquel gobierno había conseguido llevar la inflación anual por debajo del 2%, mientras que las proyecciones actuales todavía ubican la inflación argentina cerca del 20% para el próximo año. La estabilización, por lo tanto, todavía no alcanza para cerrar la brecha entre los indicadores macroeconómicos y el bolsillo.
El problema también empieza a modificar las expectativas del sector privado. Empresas tecnológicas que crecieron durante los últimos años ahora enfrentan costos laborales en dólares mucho más elevados y evalúan contratar fuera del país. Al mismo tiempo, la demanda de capacitación laboral se dispara: la Fundación Oficios recibió más de 3.500 solicitudes para apenas 700 vacantes, un 40% más que el año anterior. Son señales de una economía en transición en la que los trabajadores no necesariamente pasan de actividades en crisis hacia sectores pujantes, sino que quedan atrapados entre el desempleo y la informalidad.
De cara a 2027, el desafío para Milei será transformar el crecimiento estadístico en empleo concreto. La inflación dejó de ser el único termómetro político del Gobierno y el trabajo empieza a ocupar ese lugar: para millones de argentinos, la discusión ya no pasa solamente por cuánto aumentan los precios, sino por si tienen un ingreso estable para llegar a fin de mes. Si la promesa libertaria fue ordenar la economía para volver a crecer, la próxima batalla será demostrar que ese crecimiento también puede generar empleo formal y mejorar las condiciones materiales de quienes sostienen la economía real.
Imagen: Agendar Web
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