Política
Sábado 8 de agosto de 2026
La nueva escalada entre Javier Milei y Luiz Inácio Lula da Silva reabre una pregunta que trasciende la diplomacia: cuánto puede costarle a la Argentina deteriorar su relación con Brasil. El impacto potencial no se limita a una caída del intercambio comercial. Detrás del principal socio económico del país existe una red de industrias, proveedores, inversiones y proyectos energéticos cuya continuidad depende, en buena medida, de la integración bilateral.
En 2025, el intercambio entre ambos países alcanzó los 31.195 millones de dólares. Brasil concentró el 14,7% de las exportaciones argentinas y fue origen del 24,3% de las importaciones. Pero el dato políticamente más sensible es la composición de esas ventas: el 64% corresponde a manufacturas de origen industrial. Automóviles, autopartes, maquinaria, productos químicos y plásticos forman parte de una cadena productiva que conecta a empresas de ambos países y que no puede reemplazarse rápidamente por otros mercados.
El sector automotor es el ejemplo más contundente. El 67,2% de los vehículos exportados por la Argentina tuvo como destino Brasil el año pasado, una proporción que se mantuvo durante el primer cuatrimestre de 2026. Una ruptura o un deterioro prolongado del vínculo comercial impactaría directamente sobre terminales, autopartistas y proveedores de Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires. La diferencia con otros mercados es central: perder participación en China implica perder divisas; perder participación en Brasil puede significar perder producción industrial y empleo.
La dependencia también alcanza a la energía. Brasil fue un respaldo clave para el sistema eléctrico argentino durante los picos de demanda y aparece como uno de los principales mercados potenciales para el gas de Vaca Muerta. En 2025, la Argentina llegó a importar alrededor de 1.500 MW de electricidad desde el país vecino durante una jornada de alta demanda, mientras que el primer envío de gas argentino hacia Brasil se concretó en abril de ese año. La integración energética, por lo tanto, no es una promesa diplomática: ya forma parte del funcionamiento de sectores estratégicos.
A esto se suma la presencia de capitales brasileños en la economía argentina, con más de 13.500 millones de dólares de inversión extranjera directa al primer semestre de 2024. Un deterioro político sostenido puede no traducirse en una salida inmediata de empresas, pero sí en decisiones menos visibles: inversiones que se postergan, proyectos que se frenan y compañías que buscan otros destinos para crecer. El costo de una confrontación, en ese escenario, puede acumularse mucho antes de que aparezca reflejado en las estadísticas comerciales.
La integración con Brasil sobrevivió a gobiernos de signos políticos diferentes desde el retorno de la democracia y se consolidó con el Mercosur porque responde a intereses económicos que exceden las afinidades presidenciales. Por eso, los ataques de Milei a Lula no sólo abren un frente diplomático: ponen bajo tensión una relación que sostiene parte del aparato productivo argentino. En una economía que necesita exportar, atraer inversiones y ampliar mercados, convertir al principal socio regional en adversario puede terminar teniendo un precio mucho más alto que el de una disputa entre presidentes.
Imagen: Página 12
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